El progreso como realización humana y salvación

Por Raúl Antonio Rodríguez 

Ford Madox Brown, “Jucio a John Wyclif”, 1893, Manchester Town Hall

Posiblemente podamos acordar que hay un buen número de razones por las cuales afirmamos que los procesos sociales tales como el que caracterizó a la Reforma Protestante, a partir de 1517, son sistémicos, complejos, con factores que en su propia dinámica no se desarrollaron en forma homogénea.

También podemos afirmar que los mismos están comprendidos dentro de sistemas sociales determinados espacial y temporalmente, tal el caso de las sociedades europeas pos-medievales, culturalmente híbridas, organizativamente atomizadas, con desarrollos desiguales en sus economías e impactada, directa o indirectamente, por la novedad de las rutas hacia América y “Las Indias”. Tales sociedades, pero, así también, toda sociedad, como las contemporáneas, se configuran de un modo inestable con tensiones sociales y buscando un equilibrio.

Éste objetivo parece ser una necesidad vital de la ontología social asumida por algunos de sus actores: aquellos que vivencian el desequilibrio sistémico como crisis. Pero tal “crisis” solo se conceptualiza dentro del sistema en cuanto los actores más dinámicos de un determinado estadio del sistema en desequilibrio disputan el poder de la articulación del orden; pujan por su transformación, es decir: luchan por el sentido, la razonabilidad de un sentido común que termina traduciéndose inesperadamente en una nueva formación social. Sobre la lucha de este sentido aparejado a la Reforma Protestante quiero referirme.

Los antecedentes próximos a la adopción social de las prédicas de Martín Lutero están en las reflexiones del inglés John Wyclif que en el siglo XIV tradujo la Biblia al inglés y predicaba, como medida correctiva para el retorno a la espiritualidad, la renuncia a los poderes terrenales de la Iglesia Papal. Su influencia se proyecta en Bohemia (República Checa) a través de Jan Hus y con las prédicas de éste germina el movimiento de los husistas[i].

Ilustración anónima del siglo XV presentando la ejecución de Jan Hus.

El conjunto de planteos teológicos heterodoxos y condenados como herejías vinculaban cuestiones de interpretación de los Evangelios, como así también, el cuestionamiento al poder y las riquezas acumuladas por la Iglesia Católica y ésta, en estrecha convivencia con los monarcas o electores feudales cuya autoridad legitimaban y consagraban los Papas.

Mientras tanto, la sufrida vida de campesinos y artesanos estaba contenida por la imagen del mundo presente exculpatorio del pecado original y de un porvenir esperanzador sostenido en un horizonte de sentido que conjugaba tradiciones ancestrales, el principio de salvación del cristianismo vulgar, la resignación y ansias de redención en los Cielos.

Que tales planteos religiosos sui generis encarnados en la vida cotidiana de los campesinos encuentren, prontamente, en las nuevas fundamentaciones teológicas protestante el sentido de la crítica del orden presente tiene importantes consecuencias culturales: son la antesala del mundo moderno, y con este, el ideal de soberanía del pueblo, la idea de Razón universal y la relevancia dada a la capacidad intelectual naturalmente poseída por todos, en tanto creaturas de Dios.

La revueltas campesinas y el cuestionamiento a la autoridad papal (y por ende, de muchos señores feudales) es una suerte de “revolución copernicana” en la auto-comprensión del orden del mundo visto naturalmente como ya organizado de modo incuestionable y con fronteras infranqueables (solo en las narraciones campesinas el embrujo de una noche salvaba a una plebeya postergada, aunque sea por una noche, para retornar al mundo natural).

Que ese orden social ahora sea puesto en entredicho desde el mismo sustrato religioso que legitimaba la vida social, que se cuestione la división naturalizada de la vida entre campesinos pobres, por una parte, y monarcas e Iglesia rica y poderosa, por otra, permitió comprender la adopción del protestantismo y el surgimiento de las luchas campesinas. Las reivindicaciones por una vida justa no podían estar desligadas de esa imagen de mundo de la salvación eterna y, es así, como se conjugaron reivindicaciones mundanas con una nueva religiosidad.

Grabado del LIber Chronicarum de Nuremberg de finales del siglo XV que muestra a Hans Böhm predicando a los campesinos.

El movimiento llamado Peregrinaje a Niklashausen encabezado por Hans Böhm en 1476 u otro de ellos, como el Bundschuh (1493)[ii] muestran cabalmente tal coyuntura. Asimismo, pone en evidencia que cualquier trastrocamiento del orden social involucra a actores dinámicos que vivencian la crisis y, por ello, estos se lanzan hacia la trasformación del orden, por todos sus medios posibles, contando con la legitimación que se nutre de un horizonte de sentido, en este caso, fundamentalmente religioso, donde se enraíza creencias, tradiciones, acervo cultural, interpretación crítica del mundo presente y configuración del imaginario social reparador del dolor sufrido. Es el punto de quiebre de la autoconciencia que se reconstruye con viejos componentes, pero en una imagen de sí superadora, no exenta de contradicciones, que preanuncian las nuevas crisis. Será su expansión hacia otras latitudes, otros pueblos, otras culturas, cuando se enriquezcan las visiones y reconstruyan nuevos sentidos con nuevos actores.

Las luchas sociales de fines del siglo XVI y en el siglo XVII, se nutrieron del espíritu de la Reforma; tanto las mencionadas guerras campesinas alemanas en las que hay que sumar las prédicas revolucionarias de Thomas Müntzer en 1524, la Guerra de Kappel en 1529 en Suiza y otras tantas guerras religiosas en las que ya a las necesidades de los campesinos se suman las disputas del poder territorial protector, donde la figura papal ya no aparece legitimador de soberanía y abrió la discusión de la relación entre religión y Estado a los fines de preservar la autonomía del cristianismo de las disputas por el poder terrenal. Esa Europa en rebeldía – fundamentalmente en los países nórdicos y la Europa central – se fortalecieron y crearon las bases más favorables para el capitalismo en desmedro del feudalismo ibérico.

Biblia en su traducción por Martín Lutero, vista en la Biblioteca de la Francke Foundations.

La lectura de la Biblia traducida por Lutero, impresa por Gütenberg permitieron difundir y, así, fortalecer un principio muy caro para el protestantismo: el bautismo por la creencia, por la convicción, por la fe y por el estudio de la Biblia. El Catecismo breve para uso de los párrocos y predicadores en general, escrito por Lutero en 1529[iii], expone las preocupaciones de Lutero por instruir a un pueblo analfabeto en religión, orientado por sacerdotes con ocurrencias religiosas siempre ocasionales y no apegadas a la Biblia. Las enseñanzas de Lutero, fundamentalmente, más tarde, las de Jean Calvin[iv] , mostraron al mundo como un don de Dios para su magnificencia y que conocerlo, era una misión.

Alfabetizar al campesino a través de las escuelas dominicales, en sus lenguas vernáculas, fue una preocupación explicita de Lutero; hacer de las reuniones familiares un espacio de lectura y reflexión sobre la Biblia creó los pilares para una educación que se inicia en la familia. La convicción, como autorreflexión, y no las obras ostensibles como garantes de la salvación o la condena, llevaron a una vida austera y centrada en el Anruf (llamada, vocación) que Dios ha puesto en cada hombre como destino providencial. Realizarse en su Anruf es autodisciplina para completar la obra de Dios.

Retrato anónimo de Inmanuel Kant (c. 1760)

Esta teología de la salvación y el deber hacia la autoconciencia desembocará en la reflexión, en la autonomía de la razón publica, razón discursiva, que se discute en la congregación dominical y pone a punto la razón universal. Con este claro sentido de valoración de la razón, lo explica Immanuel Kant en ¿Qué es la Ilustración?[v] Al respecto, es notable, que detrás de los grandes pensadores de la Modernidad esta la trastienda de la religiosidad protestante que abrió caminos hacia el escudriñamiento de las leyes de la moral que Dios ha prescripto, como también y, así lo dirá Isaac Newton, las leyes que Dios ha puesto en la naturaleza física. Ciencias Morales y Políticas, y Ciencias Naturales formularán, más tarde, ese afán por conocer la obra de Dios.

Las distintas expresiones de la iglesia reformada que involucraron a los husistas, luteranos, calvinistas, etc. condujeron un sentido práctico y religioso a la autopercepción de que el mundo es escenario de formas de vida históricas, responsables del obrar humano y posibles de ser reorientados en su curso en tanto los hombres asuman la responsabilidad que la Divina Providencia ha planificado. Salvación a través del progreso y progreso como dominio de sí, en sí y para sí, lo ejemplifica Wilhelm F. Hegel como el movimiento dialéctico de la historia. Entonces su desenvolvimiento no es ya azaroso, sino el camino para la restauración del hombre con su unidad primigenia, pero, ahora, enriquecida por el obrar mundano en la absoluta auto-comprensión. Toda esta fundamentación teológica se tradujo en la historiografía de la temporalidad como enhebrada por el telos (Zweck) de la realización del hombre y el plan de Dios. Allí está el inicio de la noción de progreso como salvación.

Comprender las sociedades en su configuración sociológica (sincrónica) e histórica (diacrónica), como siendo efecto o consecuencia de algún factores tomado como causa es una falsa analogía trasplantada del análisis de fenómenos naturales a los procesos sociales. Procesos como el protestantismo, son sistémicos y por consiguiente la lógica de la transformación, permite analizarlos y reconocer el grado de complejidad imprevisible que ellos manifiestan. Lo que está en esa lógica compleja, no lineal, es un sustrato que cementa las acciones cotidianas de toda comunidad, un plexo pre-reflexivo de valores y normas vividos; de esquemas perceptivos y estéticos, sobre el cual la imagen de totalidad se asienta de modo natural. Allí se encuentran las nutrientes de la legitimación de sus prácticas económicas, sus organizaciones sociales y luchas políticas, sus argumentaciones religiosas, filosóficas y, por cierto, lo que se concibe como bello, justo, verdadero, error y falsedad.

Enrique VIII de Inglaterra recibe el primer ejemplar de la Biblia Cramer (o Great Bible), primera traducción en inglés de este libro sagrado para la Iglesia de Inglaterra (ilustración anónima del siglo XIX).

La Reforma Protestante iniciada en 1517 con las 95 tesis de Martin Lutero, inaugura el mundo pos-medieval, preludio de la Modernidad, ejemplifica claramente esa serie irregular de factores dinámicos emergentes en el determinado estadio del sistema social de las regiones donde campesinos, príncipes y monarcas adhirieron al protestantismo. Tal conversión de la espiritualidad luterana se conjuga, luego, con las de Müntzner, Zwinglio, Jean Calvin, la rebeldía de Enrique VIII y muchas otras argumentaciones, que la historia detallada del cristianismo pude dar cuenta. Ahora bien, para que estas reconfiguraciones del sistema normativo, en tanto así lo es lo religioso, haya sido posible, el imaginario salvífico que actuaba como gran principio articulador de la autoconciencia del mundo medieval debió resignificar la posibilidad de la salvación.

Los campesinos, en primer lugar, y el florecimiento de príncipes y monarcas que acumularon riqueza por nuevos medios encontraron principios de legitimación de su poder y organización territorial ya no conferidos por la venia del Papa. El nuevo orden social no prescindía del marco del cristianismo, pero ahora, bajo la interpretación teológica de la vida mundana como salvación en el progreso.

Críticas, interpretaciones heterodoxas, prácticas religiosas híbridas, se han dado en la historia del cristianismo desde que esta religión sale de Palestina y de esa región del Imperio Romano proyectándose progresivamente como pensamiento y convicción universal. Resignificado por campesinos y artesanos según sus creencias preexistentes y tradiciones orales; con una interpretación que amalgamaba la hermenéutica de las imágenes y el acervo cultural más que la lectura (imposible en un mundo analfabeto) de textos religiosos. Me refiero a la historia del cristianismo que circulaba entre pobladores resignados al destino del sufrimiento y que encontraban consuelo en la salvación pos morten. Ellos son los que dieron las bases para la construcción del primer pensamiento hegemónico, primer ideal de universalidad, fundado en el bautismo como acto racional de aceptación por pura convicción y, así, de participación consciente en una intersubjetividad compartida por mutuo-entendimiento.

En ese recorrido de mil quinientos años del cristianismo hasta llegar a Martin Lutero es bien sabida la multiplicidad de expresiones contrarias tanto a la interpretación del cristianismo ejercida por la Iglesia Católica como así también, las objeciones, en distintos grados de magnitud en contra de su poder terrenal[vi]. Pero será en una Europa que ya no se irradia desde el puerto de Venecia, sino, que se abre al Atlántico y, con ello, a una transformación política, económica (materias primas; mercados; fuerzas de trabajo-esclavos-); nuevas tecnologías: navíos, armas de fuego, etc. Es en esta nueva Europa cuando la revisión del cristianismo posibilitará el éxito de las 95 tesis de Lutero clavadas en la puerta de la iglesia de Wittenberg.-

Notas:

[i] Peter Hilsch: Johannes Hus. Prediger Gottes und Ketzer. Regensburg, 1999.

[ii] Friedrich EngelsDer deutsche Bauernkrieg Hamburg 1850, Marx-Engels-Werke Bd.7, Dietz Berlin 1960.

[iii] Martín Lutero: Obras, Sígueme, Salamanca, 2001, pp. 291- 305

[iv] Juan Calvino: Institución de la religión cristiana, I, II, Visor, Madrid, 2003.

[v] Kant, Immanuel: “¿Qué es la Ilustración”, en En defensa de la Ilustración, Alba,Barcelona, 1999.

[vi] Norman Cohn. En pos del Milenio, Alianza, Madrid, 1985

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Raúl Antonio Rodríguez  es Profesor en Filosofía magna cum lauden (1976); Doctor en Filosofía suma cum lauden (2005), Universidad Nacional de Tucumán; Magister en Socio-semiótica (1996): Universidad Nacional de Córdoba. Docente investigador en Universidad Nacional de Córdoba (Facultad de Cs de la Comunicación) y Universidad Nacional de Villa María (Instituto de Cs. Sociales).