La Reforma de Lutero: una reacción esperada y necesaria

Por Rafael Acosta Sanabria

En octubre de 1517 llegaron a Witttenberg (Alemania), sede de la Universidad en donde Martín Lutero impartía clases de Teología, los predicadores de una indulgencia del Papa León X, con la finalidad de conseguir recursos para la construcción de la Basílica de san Pedro en Roma. La ocasión fue propicia para que el fraile agustino iniciara un debate en torno al carácter marcadamente financista de las indulgencias y promoviera la reforma radical de la Iglesia. Su postura sobre este tema quedó expresada en el escrito titulado Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias, mejor conocido como las «95 tesis de Lutero».

Desde ese momento se expandió por Alemania y por otros países de Europa la nueva doctrina, estableciendo la ruptura con Roma y reinterpretando la doctrina tradicional de la Iglesia referida a los temas centrales del mensaje del Evangelio: la doctrina de la gracia, el valor preponderante de la fe sobre las obras, los sacramentos, el celibato sacerdotal, la autoridad suprema del Obispo de Roma, la doctrina del purgatorio, el valor y la interpretación de las Sagradas Escrituras, entre otros.

En esta ocasión, en la que se cumplen quinientos años de ese acontecimiento, queremos reflexionar sobre la figura y el mensaje del reformador alemán:

“Mucho antes del estallido de la reforma protestante se dieron cosas y casos, se crearon hechos, se tomaron medidas, se propagaron ideas y se despertaron sentimientos, que facilitaron una sublevación contra la Iglesia, la favorecieron, la provocaron y hasta la hicieron inevitable; tan inevitable que podemos hablar de una necesidad histórica” (Iserloh, 1972: 43-44).

En la época del Renacimiento era frecuente que grupos eclesiales (integrados por clérigos y laicos) hiciesen reclamos o planteasen exigencias ante el Pontífice de Roma, debido a ciertas actuaciones que consideraban violatorias de sus derechos y contrarias a la doctrina del Evangelio, especialmente por la actuación errada de algunos personajes eclesiásticos y funcionarios de la curia romana en su relación con las distintas diócesis en los territorios no romanos. Por ejemplo:

“el sistema señorial en que estaba engarzada la economía eclesiástica; el aparato institucional de la Iglesia y su práctica sacramental que deberían sustituirse por una eclesiología puramente espiritual e interior; la teología escolástica como elucubración teórica frente a la única verdad que se contiene en la Biblia; el gobierno monárquico del pontificado en la Iglesia que se considera despótico” (García Horo, 2005: 68).

En Alemania, Lutero se dio a conocer con el escrito Gravamina de la nación alemana, que recogía una lista de agravios y querellas contra la curia romana; este escrito fue presentado desde 1455 reiteradamente por el arzobispo de Maguncia, Dietrich von Erbach sin obtener respuesta alguna; y cuanto menos atención se les prestaba, tanto más se atizaba el sentimiento anti romano en Alemania (Iserloh, 1972: 50).

Estos reclamos, expresados por académicos y predicadores, penetraron poco a poco en las clases populares. La respuesta de la Jerarquía de Roma fue ineficaz o nunca llegó. En su lugar, el Romano Pontífice, directamente o a través de sus enviados, condenó todo intento de transformación en los temas en discusión.

Martín Lutero en la Dieta de Worms se enfrenta a los representantes del Papa (grabado de Emile Delperee, 1882).

En este contexto, Kung (2002: 164) explica que Lutero “reclamaba el retorno de la Iglesia al Evangelio de Jesucristo, que consideraba un Evangelio vivo en las Sagradas Escrituras, y especialmente en los escritos de Pablo”. Esto ¿qué significaba? Ese mismo autor señala tres cosas, especialmente:

1) Resaltar la primacía de las Escrituras sobre la Tradición y el Magisterio: «sólo las Escrituras»;

2) Subrayar la primacía de Cristo sobre los santos y mediadores entre Dios y los hombres: «sólo Cristo»; y

3) Priorizar la primacía de la gracia y de la fe sobre las obras y los logros de los hombres: «sólo la fe».

Lutero consideraba que la reforma de la Iglesia, exigida en su seno desde hacía algunos años, se enfrentaba con tres afirmaciones de la Jerarquía de la Iglesia, que no tenían sustento en las Escrituras o en la antigua tradición católica:

1) La preponderancia de la autoridad espiritual sobre la autoridad temporal, especialmente del Papa sobre los gobernantes;

2) el principio que establece la primacía del Papa para interpretar las Escrituras y

3) la afirmación de que sólo el Papa puede convocar un concilio universal (Kung, 2002: 165-166).

Rafael Sanzio, “El Papa León X con dos cardenales”, 1518-19 (Detalle).

El Papa León X reaccionó ante lo que catalogó como errores graves en la doctrina cristiana por parte de Lutero, condenándolo con la excomunión en 1520 y exigiéndole silencio y sumisión a la Iglesia Romana. Posteriormente, en 1536, el Papa Paulo III convocó el Concilio de Trento, realizado años después, entre 1545 y 1563, considerado por algunos autores como el más dogmático de los realizados hasta ese momento, cuya finalidad fue contrarrestar las ideas protestantes y reafirmar lo que se consideraba doctrina auténtica (y oficial) de la Iglesia Católica. Cabe señalar que este Papa se caracterizó por su nepotismo, su vida relajada y lujosa; fue además el creador del Santo Oficio, cuya función consistía en conocer los casos de herejía, favoreciendo el inicio de la Inquisición; publicó el primer índice de libros prohibidos para los católicos, bajo pena de pecado y excomunión, entre otras cuestiones; defendió a los indios en América considerándolos hombres libres con todos sus derechos (Von Ranke, 2004).

Para que no quedaran dudas con respecto a lo que planteaban los reformadores, el Concilio:

1) reafirmó la doctrina de los siete Sacramentos;

2) rechazó la propuesta de considerar la Biblia como fuente única de doctrina;

3) estableció que la Tradición Apostólica y el Magisterio de la Iglesia Católica, junto con la Biblia, constituían el único depósito de la fe;

4) recordó que la salvación es un don de Dios mediante la fe y las obras buenas;

5) definió la doctrina de la Transubstanciación para explicar la presencia real de Cristo en el sacramento de la eucaristía;

6) definió la Misa como la perpetuación del único sacrificio de Jesús en la Cruz;

7) confirmó la doctrina del Purgatorio y la práctica cristiana de la veneración a las imágenes iconográficas y a las reliquias de los Santos y

8) unificó los ritos de la Iglesia católica de Rito Latino, particularmente la Misa.

Vista de una de las sesiones del Concilio de Trento (pintura anónima de mediados del siglo XVI).

Lutero “no era en modo alguno en sus inicios el rebelde no católico en el que han querido convertirlo durante siglos la polémica romana y la historiografía de la Iglesia” (Küng, 2002: 162). Así, algunos autores, Lorts, por ejemplo, han dado a conocer el «Lutero católico»:

“Esos estudiosos han mostrado cómo la concepción de Lutero sobre la justificación del pecador tenía sus raíces en la piedad católica, cómo se centraba en el Cristo crucificado que Lutero había conocido en su monasterio agustiniano; cómo la teología de Agustín abrió los ojos de Lutero a la corrupción del pecado como egoísmo humano y la perversión del propio ser, pero también a la omnipotencia de la gracia de Dios, que se conjugaba con el misticismo medieval y su sentido de la humildad y la llaneza ante Dios, a quien se debía todo honor” (Küng, 2002: 162-163).

A esto hay que añadir que “ (…) la comprensión de la gracia como don de Dios, el caso de la justificación como un caso de juicio, que reside en la aceptación por parte de hombres y mujeres de una libre elección divina que no está fundada en ellos” (Küng, 2002: 163).

¿Era necesaria la reforma católica de Lutero? Los siglos anteriores a Lutero habían sido para la Iglesia, siglos de luces y sombras; aunque las luces fueron abundantes, las tinieblas, debidas al mal comportamiento de algunos Papas y Jerarcas de la Iglesia, impidieron que la Iglesia transitase con firmeza por el camino trazado por su Fundador y los Apóstoles. La reforma se presentaba como un requerimiento indispensable. El tema de las indulgencias, ampliamente criticado y rechazado a lo largo de la historia de la Iglesia, fue la excusa o la razón inmediata para iniciar el cambio, pero no fue su objetivo, ni principal ni final. Lutero no fue ni el único ni el primero en proponer esa reforma, pero fue el más incisivo.

Lutero no fue comprendido, e incluso prejuiciado y perjudicado por personajes que no poseían una visión lo suficientemente teológica y pastoral, con una visión legalista, que les impedía ver al hombre angustiado por su fe, por su Iglesia, por su salvación. Y, peor aún, no comprendieron la conexión de sus planteamientos con la tradición católica de Pablo y Agustín (Küng, 202: 163). Esa visión legalista de la Iglesia, expresada en el predominio del Derecho Canónico sobre la pastoral y la teología, durará hasta el concilio Vaticano II, que intentará retomar el enfoque teológico por encima de los demás.

“Una reforma que llevara a la escisión de la cristiandad occidental no la quería nadie. Los reformadores querían una reforma de la Iglesia única, común a todos. Al fracasar esta reforma en cabeza y miembros se vino a la escisión. Según esto, la reforma protestante sería la respuesta revolucionaria al fallo de la reforma católica en los siglos XIV y XV. Sus causas son, por tanto, todas las situaciones y actitudes que necesitaban de reforma, y todo lo que se opuso a una reforma a tiempo” (Iserloh, 1972: 44).

Entre las causas que algunos autores mencionan que favorecieron la reforma protestante hay dos especialmente significativas:

1) la disolución del orden medieval y de los supuestos fundamentales que lo sostenían, y el no haberlos sustituido oportunamente por las formas nuevas que los tiempos requerían; y

2) los abusos en el clero y el pueblo, la oscuridad en la doctrina dogmática y la exteriorización de la vida religiosa (Iserloh, 1972: 45-47).

La escisión de la Iglesia se produjo como consecuencia de todo ello; pudo haber sido evitada, pero una vez más las pasiones humanas se impusieron en unos y en otros; la ceguera espiritual motivada por intereses ajenos al Evangelio y el desorden moral que imperaba en un considerable grupo de clérigos, obispos y Papas de la época, llevó a acciones que dejaban a un lado el mensaje original de Jesús. Con una actitud diferente, de auténtico sentido evangélico, quizá la historia sería distinta.

Monumento a Martín Lutero en la ciudad de Eisleben (Alemania).

Hace unos meses, en un número de la Revista La Civiltá Cattolica (2016), Ulf Jonsson le preguntó al Papa Francisco: ¿Qué podría aprender la Iglesia Católica de la tradición luterana?  Y el Papa respondió:

“Me vienen a la mente dos palabras: «reforma» y «Escritura». Trataré de explicarme. La primera es la palabra «reforma». Al inicio el de Lutero fue un gesto de reforma en un momento difícil para la Iglesia. Lutero quería proponer un remedio a la situación complicada. Después este gesto –también a causa de situaciones políticas, pensemos también en el cuius regio eius religio– se transformó en un «estado» de separación, y no en un «proceso» de reforma de toda la Iglesia, que sin embargo es fundamental, porque la Iglesia es semper reformanda (está en permanente reforma). La segunda palabra es «Escritura», la Palabra de Dios. Lutero ha dado un gran paso para poner la Palabra de Dios en las manos del pueblo. Reforma y Escritura son las dos cosas fundamentales que en las que podemos profundizar mirando la tradición luterana”.

Desde la perspectiva que dan los años, podemos reinterpretar y conocer a fondo el sentido y las repercusiones de la reforma de Lutero en el seno de la cristiandad. Lo que pudo haber sido una reforma fructífera para la Iglesia Católica devino en su división. Las razones de la ruptura más que de orden teológico, tenían inicialmente un carácter práctico, en relación a las disposiciones canónicas establecidas entonces. La legalidad no puede estar nunca por encima ni de la verdad y menos aún, del amor, de la caridad y de la comprensión.

Es por ello que no podemos sino proponer el diálogo y la unión entre las iglesias cristianas para restaurar la originalidad del mensaje de Jesús. En este sentido, las palabras del Concilio Vaticano II en su decreto sobre el ecumenismo expresan muy bien nuestro deseo:

“Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo” (Proemio).

Bibliografía consultada:

Concilio Vaticano II. Decreto sobre el Ecumenismo (1966). Bilbao-Santander: Mensajero-Sal Terrae.

García Horo, J. (2005). Historia de la Iglesia III: Edad Moderna. Madrid: BAC.

Hughes, Ph. (1986). Síntesis de la Historia de la Iglesia. Barcelona: Herder.

Iserloh, E. (1972). “Martín Lutero y el comienzo de la Reforma (1517-1525)”, en: Jedin, H. Manual de Historia de la Iglesia. Barcelona: Herder, pp. 43-179.

Küng, H. (2002). La Iglesia Católica. Barcelona: Mondadori.

Pastor Von, Ludwig (1910). Historia de los Papas desde fines de la Edad Media. Madrid: Gustavo Gili.

Ranke Von, L. (2004) Historia de los Papas. México: Fondo de Cultura Económica.

Revista La Civiltá Cattolica. Quaderno 3994, pp. 313-324. Anno 2016. Volume IV.

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Rafael Acosta Sanabria es profesor del Departamento de Ciencias de la Educación de la Universidad Metropolitana. Educador y Escritor. Con estudios de Educación, Filosofía, Derecho Canónico y Teología. Licenciado en Ciencias de la Educación, Licenciado en Derecho Canónico, Doctor en Filosofía y Letras (Sección Educación) y Doctor en Derecho Canónico. Ha desarrollado su labor docente en España, Ecuador, Uruguay y Venezuela. Desde 1999 es Profesor Titular de la Universidad Metropolitana de Caracas en las cátedras de Filosofía de la Persona, Filosofía de la Educación, Pedagogía y Ética. Ha publicado siete libros y diversos artículos en revistas nacionales e internacionales.


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